La muestra de crueldad más repudiable y la lección de karma más brutal que he presenciado ocurrieron anoche, en un elegante restaurante clásico del centro de la ciudad.

Don Roberto, un distinguido anciano de mirada nostálgica, llevaba horas sentado en silencio frente a una mesa perfectamente arreglada para dos. Valeria, una mujer arrogante de la alta sociedad que cenaba a pocos metros, decidió que era buena idea hacer de él su burla personal. Con una copa de vino en la mano y una sonrisa venenosa, se acercó a su mesa.
—Acepte la realidad, abuelo. Lo dejaron plantado —se burló Valeria en voz alta—. Es patético ver a un anciano solitario perdiendo el tiempo en un lugar tan caro. Lárguese a su casa a dormir, nadie va a venir por usted.
Don Roberto no se inalteró. La miró con una serenidad absoluta y respondió: —No estoy esperando a una cita cualquiera, señora. Llevo treinta años buscando a mi hija perdida. Hoy finalmente la encontré, y estoy a punto de abrazarla.
Valeria soltó una carcajada despiadada, llamándolo mentiroso y loco. Pero justo en el momento de mayor humillación, las inmensas puertas de caoba del restaurante se abrieron de par en par.
Una joven deslumbrante, vestida con un impecable traje sastre, caminó directamente hacia la mesa con lágrimas en los ojos, gritando: «¡Papá!». Lo que hizo que a Valeria se le helara la sangre y cayera de rodillas, fue darse cuenta de la verdadera identidad de esa joven y el monumental poder que ahora tenía sobre su propia vida.
Continuación en los comentarios.
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